Mi atención está puesta generalmente en lo que ocurre con la gente de muchas décadas, por eso tengo tan presente toda la responsabilidad que tenemos con los jóvenes que nos continúan.

En el vuelo volviendo de U.S.A fui testigo de un hecho que quiero compartir para que reflexionemos sobre nuestros valores con respecto a la juventud.

En un momento dado el comisario de abordo repartió los formularios de aduana, y que al ser uno por persona y la señora de la punta venía a ser la madre, ellos consideraron que no les incumbía.

Por suerte los chicos siguieron inmutables, porque la verdad es que era para quejarse por maltrato.
No se me había ocurrido que también se los puede acusar de no tener la alegría del vivir.
Pero en ese momento recordé que un joven que había viajado la semana anterior y había olvidado los estuches de sus lentes de contacto, pidió a la azafata dos vasos para guardarlos; a la mañana, luego de volver a ponérselos, se disponía a dormir un rato más cuando de pronto lo despierta la azafata zamarreándolo y diciéndole que vaya inmediatamente al baño a dejarlo como lo encontró.

Por supuesto que no defiendo el desorden, pero si destaco el rencor hacia la gente joven de la empleada, porque JAMÁS hubiera hecho esto con un adulto; si hay algo que las caracteriza es que “no se descontrolan”. Esa es su tarea. Pero lamentablemente donde hay jóvenes es bastante probable que haya un adulto dispuesto a corregirlo compulsivamente.
La autocrítica nos hará mejores personas, y servirá de modelo para los que nos miran.
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