
Y como tenía un rato me puse a lavar la larga pila de platos que se me había acumulado; a los del día anterior se le sumaban los del desayuno, y ya empezaban a asomar los del almuerzo.
Mi marido andaba cerca, pero no me dirigía a él, y de pronto me encontré diciendo como al aire: ¡Qué alegría! Estoy tan contenta de pasar este momento con mi madre… y más contenta todavía ¡porque estoy lavando los platos!

¡Fijate qué suerte! ¡Aquí te traigo más motivos de alegría!
Tentada de risa le expliqué que el encuentro con mi madre estaba referido al tango, y que haberme decidido a limpiar y no seguir postergando ese montón de mugre para la tarde, me hacía feliz.
Moraleja, cualquier persona puede encontrar tan sencillos motivos… ¿o no?